“Las oportunidades son como los amaneceres. Si esperas demasiado tiempo, las echas de menos” [William Arthur Ward (1920 – 1994) Escritor estadounidense]

Tenía la sensación que la fila del banco no se había movido en media hora. De repente pensé que me encontraba parado en el mismo sitio luego de pasados 30 minutos. No sé si era porque estaba distraído llenando la planilla de depósito lo más lento posible intentando no prestarle atención al amigo que estaba a mi lado acompañándome ese día.

Aprovechar las oportunidades




Cuando levante la mirada de la agenda que me servía de apoyo volví a darle algo de sentido a sus palabras. Lo había ignorado todo ese tiempo, porque sus historias siempre se basaban en lo mismo. Casi siempre hablaba sobre sus conquistas, sus interminables fiestas y las aventuras que vivía, prácticamente, todos los fines de semana. Fastidiado de su relato intenté perderme en mis pensamientos y me puse a revisar la agenda distraídamente. De cuando en cuando lo miraba como para aparentar que estaba interesado en el tema, asintiendo con la cabeza para que no me tomara por mal educado. Por lo menos se había tomado la molestia de acompañarme al banco, pero yo no me imaginaba que el momento iba a estar tan aburrido.

En algún instante que pase más tiempo del debido mirando la agenda me di cuenta que mi amigo había pasado un buen rato en silencio. Avergonzado levante mi mirada, pensando que se había dado cuenta de mi desinterés por su tema de conversación. Al verlo, observé que sus ojos estaban dirigidos hacía una dirección que no era la mía, y en su rostro se pintaba una expresión de admiración. Picado por la curiosidad, dirigí la vista hacia el lugar que mi amigo lo hacía y logré percatarme que su asombró era por una mujer.

Me sorprendió bastante porque en realidad mi compañero era de aquellos que no se impresionaban con facilidad por cualquier cosa y mucho menos por una mujer. Luego que la examinó detenidamente se volteó hacia mí y me dijo algo relacionado con la belleza de aquella dama. Es posible que, para no seguir escuchando su historia, comencé a alentarlo para que se acercara a ella y le dijera algo. En ese momento yo pertenecía al grupo de los que veían pasar la vida por medio de otros y una de las razones de esto es que yo me consideraba una persona bastante tímida e insegura. Yo estaba convencido que, por mi parte, yo no me iba a acercar a una mujer desconocida con la intención de entablar una conversación con ella con la finalidad de conocerla. Mi amigo tal vez sí. Él era mucho más lanzado y más confiado.

Continué insistiendo que la conociera, si tanto lo había impresionado. Llegue incluso a darle algunas opciones, tomadas de las propias estrategias de conquista que él mismo siempre me había contado en algunas de sus historias. Le comente sobre las oportunidades y las pocas veces que se presentan. Cuando yo creí que ya se había decidido ir al abordaje, se tomó unos segundos más para observarla con más detenimiento y luego volteando hacía mí me dijo que una mujer como ella no era nada fácil de conquistar, simplemente no estaba a su alcance. Mis oídos no daban crédito a lo que estaban escuchando.

Minutos antes, cuando la aparición de la fémina interrumpió nuestra “interesante” conversación, él me estaba relatando una historia relacionada con sus estrategias de conquista del fin de semana pasado. Y de la forma como había conocido a alguna chica y que se yo que más. Solamente conocía retazos del cuento. En ese momento me detuve a pensar que mi amigo era un charlatán, que me decía eso a mí simplemente porque yo no tenía el valor de lograr sus hazañas y veía su vida bastante sensacional. Pero, le otorgue el beneficio de la duda, y decidí dirigir mi vista hacia la dama para poder intentar entender las palabras de mi compañero.

No podía negar que era bastante atractiva. Tenía un buen cuerpo y estaba elegantemente vestida. Su cabello largo, negro como un azabache, hacía el paisaje mucho más interesante. Si hubiese tenido el valor me habría acercado por lo menos para decirle algunas tontas palabras que, me supongo, ella había escuchado incansablemente. Pero no. Yo no era así. Solamente el hecho de pensar en el rechazo del cual me suponía iba a ser objeto, ya todas mis opciones estaban anuladas. Mi amigo si tenía más confianza en sí mismo y eso era lo que me tenía impresionado. Yo lo había visto en acción en un par de oportunidades, no tantas como las que él siempre contaba, pero siempre lograba lo que se proponía en lo que se refería al sexo opuesto. Quizás sus historias algunas veces eran algo exageradas, pero en las ocasiones que yo había sido testigo de su tenacidad en cuanto a las féminas, siempre había tenido éxito.

Volví a observar a la chica intentando escribir en mi mente la historia de su vida. Su elegante traje me hacía suponer que trabajaba en algún banco o en alguna oficina ejecutiva y por lo tanto era alguna profesional graduada. Tal vez esa era la razón que mi compañero insinuaba, ya que nosotros aún estábamos estudiando en la universidad y como mucha gente vive de ese tipo de apariencias, me imaginaba yo, que el daba por sentado que, al ella ser graduada universitaria, no se iba a fijar en un simple estudiante. Seguí estudiándola intentando, de repente, conseguir un anillo de casada, pero la distancia no me permitía comprobarlo. Quizás mi amigo tenía mejor vista que yo y esa podría ser otra razón. No me rendí en mis intentos de entender que era lo que convertía a esa mujer en inalcanzable. Cuando le detallé el rostro me di cuenta que era bastante joven. Incluso podía existir la posibilidad que fuese menor que nosotros. En este punto me di cuenta que yo no era tan conocedor de las mujeres como para saber todo sobre ellas con tan solo observarlas un rato. No tenía esa capacidad de prejuzgar a las personas simplemente con detallarlas físicamente y tampoco se me presentaban oportunidades. Así que me olvidé del asunto y continué haciendo mi cola del banco. Mi compañero no habló más de casi nada. De vez en cuando se quejaba de lo lentos que eran los cajeros.

Años Después.

Algunos años después mi vida había cambiado bastante. Había dejado mis estudios de Ingeniería Civil en la Universidad de Los Andes por diversas razones, que no vienen al caso, y estaba trabajando en una conocida empresa de la ciudad como técnico de computadoras, me encargaba especialmente de dirigirme a los locales de los clientes a resolver problemas relacionados con sus equipos informáticos.




En una ocasión, me tocó hacer la labor de ir a cobrar una factura por el servicio que se le prestaba a una de las empresas que era cliente nuestra, función que no formaba parte de mis responsabilidades, pero en esa oportunidad, la persona que se encargaba de esos asuntos estaba ocupada o quizás fuera de la ciudad, no recuerdo a ciencia cierta. Al llegar al sitio conocí a la administradora del lugar. Había estado allí un par veces y era la primera vez que la veía. Aunque me resultaba familiar.

Un buen día me volvió a tocar la labor de cobro. Ya lo había hecho en otras ocasiones. Incluso había compartido con ella un par de cafés y alguna que otra conversación, sentando las bases para tener algo más que una amistad. Pero ese día en especial, al momento de llegar a su oficina, no estaba sola. Estaba acompañada por su hermana, que para mi sorpresa, no era otra que la chica del banco. Aquella inalcanzable por mi amigo. Por esa razón, el rostro de mi amiga administradora me resultaba familiar. La chica del banco era un poquito más delgada y quizás algo más alta. Y realmente no parecía tan inalcanzable como mi compañero afirmaba, ya que yo estaba a punto de alcanzar a la hermana. Para ese momento, yo no era tan tímido y tampoco tan inseguro como antes. Tenía mis propias historias, no tan fantásticas como las de mi amigo, pero por lo menos ya vivía mis propias aventuras.

Cuando tuve la oportunidad, le conté a mi futura novia la historia de mi amigo, que se había deslumbrado por su hermana. Ella, con una sonrisa en el rostro, me contó que la hermana estaba, en esa época, haciendo unas pasantías en ese banco, aún no era profesional, no estaba casada, tampoco tenía pareja, tenía un año menos que yo y si no me equivoco dos menos que mi compañero. Y por supuesto no era nada inalcanzable. No eran chicas fáciles, pero tampoco diosas griegas que no se mezclaban con los mortales. Según ella, si mi amigo hubiese jugado bien sus cartas, por lo menos la hubiese conocido.

En la vida siempre se nos van a presentar miles de oportunidades en el camino. Algunas veces, escoger ciegamente lo primero que se nos atraviesa, nos lleva directo al fracaso. Pero también esperar mucho, pensar mucho, prejuzgar, sacar conclusiones anticipadas. Nos puede hacer perder la posibilidad de tener éxito. Si desperdiciamos las oportunidades, nunca sabremos que pudo pasar. No sabremos si nos pudo ir bien o nos pudo ir mal. Nos quedará la incertidumbre y quizás el arrepentimiento. Y es muy probable que no se nos vuelvan a presentar. Y no solo se aplica a las relaciones, sino a todos los ámbitos de nuestra vida. Muchas veces no hacemos nada por mantenernos en un ambiente seguro y confiable o por miedo al fracaso. Abraham Lincoln dijo:

Los fracasos son oportunidades de comenzar de nuevo con más sabiduría”

Después de haberme retirado de la Universidad no supe más de mi compañero. Y con el tiempo la relación que llegué a tener con la administradora fue un total fracaso que, en realidad, me hizo mucho más sabio. Y muchas mas oportunidades aparecieron en mi camino. Gracias por leerme. Será hasta una próxima entrada.




Soy venezolano. Ingeniero de Telecomunicaciones. Escribo aquí porque me gusta hacerlo. Soy entusiasta de la motivación y el desarrollo personal. Aquí les comparto un poco de eso, pero tambien mis vivencias, gustos e intereses, con alguna que otra reflexión.

Una historia de oportunidades perdidas
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