“El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional” [Buda (563 AC-486 AC) Fundador del budismo]

Hace unos cuantos años yo tenía un par de compañeros de copas, fiestas, salidas y chicas, a los que llamaré con los seudónimos Pedro y Tomás. Durante un buen tiempo solamente nos reuníamos para tomarnos unos tragos, hablar de nuestros dramas existenciales, ir a discotecas y, por supuesto, conquistar mujeres. Hasta que Pedro se hizo novio (algo formal) de una de esas conquistas. Nuestros encuentros fiesteros seguían siendo frecuentes, solo que cuando salíamos con la firme intención de conocer nuevas chicas, Pedro no nos acompañaba o simplemente llevaba a su nueva pareja. Al principio, Tomás y yo, nos beneficiamos unas cuantas veces, ya que la fémina en cuestión siempre se encontraba a sus amigas o iba acompañada de ellas, pero después, cuando la relación se fue poniendo más “seria”, la situación se empezó a tornar un poco incómoda.

Nosotros no conseguíamos las palabras adecuadas para decirle a Pedro que ya nos estaba aburriendo salir con él y su ya “formal” compañera amorosa. El día que estábamos decididos a hacerlo, nuestro amigo nos confesó estar súper enamorado de su novia y que para que la relación se consolidara, pues tenía que alejarse un poco de nuestra inestable, rumbera y desastrosa vida. Claro, íbamos a seguir siendo amigos y de vez en cuando nos podíamos reunir en su casa o en la casa de su novia y tomarnos algo. Cosa que nunca sucedió, pero bueno, nosotros le deseamos mucha suerte y continuamos con nuestra mundana existencia. Por supuesto de vez en cuando nos comunicábamos, o nos reuníamos  a practicar algún deporte que generalmente era básquet o futbol.

Así pasaron algunas semanas y nuestras salidas deportivas con Pedro se  hicieron cada vez más distantes, hasta llegar al punto de no volver a saber de él y su novia durante mucho tiempo.

Un buen día Pedro me llamó, algo alterado, para informarme que necesitaba hablar conmigo. Cuando iba llegando a su casa, me encontré en el camino a Tomás,  a quien también habían llamado con la misma urgencia. Estábamos un poco sorprendidos y al vernos, la curiosidad se hizo mucho más grande. Mientras nos dirigíamos a su apartamento, nos habíamos dedicado a cambiar impresiones y a realizar indagaciones sobre el tema que Pedro deseaba comunicarnos y la suposición que tomo más fuerza era la de la novia embarazada. Era lo más común. Sin embargo, cuando nos abrió la puerta, nos encontramos con un tipo totalmente destruido. Rápidamente mis sospechas se inclinaron hacia el fin de su relación.

Nos empezó a contar la historia. La fabulosa y respetuosa novia le había puesto los cuernos, durante un tiempo hasta que la descubrió, con un compañero de la facultad en la que ella estudiaba. Yo estaba realmente sorprendido, porque ambos se veían tan enamorados, tan tortolos, tan de novela mexicana del Canal de las Estrellas que no me imaginaba que algo así podría llegar a pasar.


Obviamente, Tomás y yo, activamos la solución más acertada para estos casos: licor, fiestas y mujeres. No había otra salida. Solo resultó la del licor, ya que nuestro amigo estaba tan despechado que no deseaba salir. Nosotros lo entendimos y decidimos acompañarlo en su despecho. Durante algunos fines de semana nos torturó con su historia de amor, su dolor, su llanto y canciones como “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin, “Don’t Cry” de Guns N’ Roses, “Siempre estas allí” de Barón Rojo, “Nada es fácil sin tu amor” de Rata Blanca, “Te lloré un río” de Maná y muchas otras más que no recuerdo en este momento, pero esas eran las más recurrentes.

Luego de unas cuantas borracheras lloronas, nos confesó que ya estaba cansado. Que necesitaba salir al mundo. Nuestra felicidad (y alivio) era indescriptible. Volveríamos a nuestras andanzas. Nos dijo que cuando estuviese listo, nos avisaba.

Pasaron primero algunas semanas, y luego casi un par de meses, y yo no tenía noticias de Pedro. Un sábado de deporte, Tomás y yo decidimos irlo a buscar. Cuando llegamos a su casa, estaba a punto de salir, con ropa deportiva y (no lo van a creer), con un pañuelo rojo en la cabeza estilo Rambo. La expresión de su mirada era de pocos amigos, cosa que nos preocupó y cuando le preguntamos a donde iba, nos respondió fríamente “Al gimnasio”.

En ese momento yo pensé que el tipo estaba allí, que Pedro seguía con la herida abierta y seguramente se iba a armar una sampablera en el gimnasio. Cuando trate de buscar con la mirada una ayuda de Tomás, me di cuenta que él estaba pensando algo parecido. Cualquier suposición finalizaba en una golpiza. Como ya estábamos vestidos para la ocasión resolvimos acompañarlo.

En el camino yo me iba imaginando un poco la escena. Una verdadera tangana la que se iba a armar. Tres contra un gimnasio completo. Hubiese preferido que la cosa fuera en un bar, con sillas volando y todo, muy al estilo de película vaquera, en vez de un gimnasio, con mancuernas en vez de botellas o barras de pesas en vez de sillas. Igual íbamos a terminar hechos papilla en la acera del frente.

Cuando llegamos allí no pasó nada.  Nuestra batalla épica al estilo de 300, nunca ocurrió. Nuestro amigo empezó con sus ejercicios. Tomás y yo decidimos seguirlo en su rutina. Bicicleta estática, escaladora, abdominales, pecho, espalda, abdominales, bíceps, tríceps, piernas y más abdominales. No paraba. Y para un par de fiesteros, trasnochadores, mujeriegos y bebedores como éramos nosotros eso representaba un verdadero calvario.



Ya, sudando la gota gorda, deshidratados y sin poder levantar la pesada toalla para secarnos la cara decidí preguntarle que le pasaba, que si había enloquecido. Su respuesta fue lo único épico de ese día, nos miró a los dos y dijo: “Pensé que con lo que habíamos hecho, el dolor del alma se me iba a pasar, pero no. Seguía doliendo, cada cosa que veía me la recordaba y hacía que la herida se reabriese cada día. Ya fastidiado de eso me fui un día a correr al estadio durante horas. Al día siguiente el dolor de las piernas era tan insoportable, que no me dio chance de pensar en el dolor del alma. Pero cuando se calmó, volví a pensar en ella. Así que me di cuenta que un dolor, mata a otro dolor. Y aquí estoy”. Gracias por leerme, será hasta una próxima entrada

Soy venezolano. Nacido en la ciudad de Mérida. Mi profesión es la ingeniería y las tecnologías de la información. Escribo aquí y en otros sitios porque me gusta hacerlo. Soy entusiasta de la motivación y el desarrollo personal. Aquí les comparto un poco de eso, pero tambien mis vivencias, gustos e intereses.

Un dolor mata a otro dolor
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